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Tiempo de conversión

Francisco Rodríguez Barragán / Los cristianos creemos que el Hijo de Dios se hizo un hombre como nosotros y nació de María en Belén en tiempos del rey Herodes. Este acontecimiento, que pasó quizás bastante desapercibido, salvo para algunos pastores, es para nosotros el cumplimiento de la promesa de Dios, recordada una y otra vez por los profetas de Israel, de que enviaría a la humanidad un Salvador, el Mesías, el Señor.

La Iglesia celebra cada año este misterio: la Navidad, un hecho permanente que se actualiza para que los cristianos adoremos estremecidos a Dios hecho niño. Las cuatro semanas anteriores es el tiempo de Adviento, tiempo de conversión y de preparación.

¿Qué queda hoy de todo esto? De la alegría por la llegada del Hijo de Dios, hemos ido pasando a una fiesta para consumir, para comer y beber, para divertirnos y regalarnos. El misterio tremendo de Dios hecho hombre, se ha ido alejando, difuminando sus contornos, hasta hacerlo irreconocible entre luces de colores, reclamos publicitarios y grotescas figuras de Papá Noel.

Debilitado el mensaje y su significación estamos pasando a otro acto en el que se rechaza expresamente su significado religioso, invocando falsas razones de multiculturalidad, de convivencia, de respeto a las demás religiones, de descarado laicismo. He visto anunciada la conferencia de un autodenominado filósofo cuyo título era nada menos que ”Laicismo, garantía de democracia” Creen que eliminando a Dios va a instaurarse una paz universal, sin querer ver que están demoliendo nuestra sociedad, dejándola sin raíces, envejecida y sin futuro, el reemplazo generacional deviene imposible.

Pero en esta funesta tarea están colaborando muchos de los que se dicen cristianos, pero se pliegan al empuje de esta ola que se proclama progresista. Son, o quizás somos, los cristianos que hemos olvidado que el adviento es tiempo de conversión y no sólo de compra de regalos y juguetes.

¿Tiene sentido para nosotros los cristianos la llamada a la conversión como preparación de la Navidad? ¿De qué tenemos que convertirnos? Por desgracia hemos perdido hace muchos años la conciencia de pecado. No nos sentimos pecadores. Pensamos que el pecado es un fantasma para niños de otros tiempos. Si descubrimos el mal, siempre es en el prójimo, no en nosotros mismos. Tenemos una extensa lista de razonadas sinrazones para justificar nuestra conducta ante nosotros mismos.

El 15% de los cristianos que, según las encuestas del CIS, vamos a misa los domingos, comenzamos la celebración confesando ante Dios todopoderoso y ante los demás hermanos que hemos pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión, pero sin creérnoslo demasiado. Los confesionarios están bastante vacíos.

Si examinamos nuestra conciencia podemos ver que estamos lejos de amar a Dios sobre todas las cosas. Si creemos que Dios nos creó por amor y en Él vivimos, nos movemos y existimos, tendríamos que amarlo sobre todas las cosas. En cuanto a amar a los demás como a nosotros mismos, ¿qué tal lo llevamos? ¿Y el mandato de Jesús de amar a los enemigos…?

Amar a los demás porque todos somos hijos de Dios y por tanto hermanos nuestros, se nos hace cuesta arriba, ¡incluso a los enemigos!, porque Dios hace nacer el sol sobre buenos y malos y el mandato de Jesús es llegar a la perfección: sed perfectos como Dios es perfecto.

Alguno pensará que si nos ponemos así, es gana de amargarnos las navidades, pero a Jesús, el Hijo de Dios que se hizo hombre para salvarnos y pasó haciendo el bien, lo torturaron y lo mataron en una cruz. Él nos advirtió que nos pasaría lo mismo y que el mundo no nos aceptaría. Pero estamos en el mundo y tenemos que dar testimonio con nuestra vida familiar, profesional, ciudadana, de lo que creemos y luchar por hacer un mundo más justo, más humano, más fraterno, lo cual es imposible sin Dios. La buena noticia de Jesús es que Dios nos ama y que lo mismo que Él ha resucitado también resucitaremos nosotros para una eternidad de plenitud en la que Dios lo será todo en todos.

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